Conectados, sin coronas y sin virus.

Conectados, sin coronas y sin virus.
Hemos transitado un semestre inimaginado y nos disponemos a caminar la segunda mitad del año.
Un virus lejano arremetió de golpe y desconectó súbitamente los proyectos relucientes de un año que comenzaba preñado de sueños, planes y entusiasmo.
Dejamos de encontrarnos, quedamos aislados en casa, ansiosos y angustiados, tratando de hacer pie en un mar de incertidumbre que aún nos inunda.
Internet sacó a relucir como nunca sus bondades (y también sus riesgos).
El binomio conexión-desconexión pasó a ser un elemento determinante de nuestro día a día. Les propongo pensar en estas dos palabritas a partir de la pandemia y hacia la “pospandemia”. Algunos elementos para soñar nuestro colegio de cara los próximos años…
Conectados para pensar, aprender y producir conexiones
Sabemos que el conocimiento (eje central de nuestra misión escolar) funciona no como un depósito de información, no es un cajón ni una biblioteca mental, más bien resulta una gran red interconectada. La nueva información se aprende cuando va de la mano de la experiencia y del pensamiento-reflexión. Ambos, experiencia y reflexión, producen aprendizaje porque amplían la red y multiplican las conexiones.
Por eso es tan dramático el contexto educativo de quienes inician tarde su escolaridad o la transitan habiendo tenido una escasa estimulación temprana. Situación que se da comúnmente en contextos de mayor vulnerabilidad o pobreza a lo que se suma una pobre o insuficiente alimentación. Su red de base sobre la cual establecer conexiones es limitada y las nuevas vivencias tienen menos posibilidades de anclar. Es decir, aquellos que nacen y crecen pobremente conectados, se desarrollan con desventajas y requerirán de un andamiaje especialmente rico para contrarrestar la pobre conexión inicial.
¿Tiene sentido realizar este planteo? ¿Nos toca a nosotros? ¿Tiene que ver con nuestro colegio?
Solemos tener situaciones así en nuestras aulas, aunque pocas. Sin embargo nuestra misión y visión escolar nos impele a atender indirecta pero decididamente a aquellos desconectados que son muchos aunque no asistan a nuestro colegio.[1]
Nuestra condición de personas conectadas y con una buena base de conectividad neuronal -y de internet-nos pone de cara a una enorme responsabilidad.
Hemos recibido mucho, como el primer servidor de la parábola de los talentos (Mt. 25,14-30). Tenemos vocación de multiplicar. Por eso es tan hermosa y desafiante la tarea de cada docente. Abrir las cabezas, invitar a pensar, consolidar las redes neuronales existentes, pero abrirlas a la multiplicidad de áreas del saber, sin temor, con confianza.
Atentos al peligro latente de reproducir y profundizar sistemas intraconectados propios de los guetos elitistas, que empachados de su propia comodidad se abstienen de pensar críticamente o bien repiten ideas y posiciones de otros que piensan parecido, dejando de lado la riqueza de lo diverso, una dinámica tan propia de las “redes sociales” que dramáticamente generan grietas cada vez más profundas. Mis amigos, a quienes sigo y quienes me siguen son los que piensan como yo. Lógica de muros y no de puentes.
Por eso el colegio en lugar de reflejar una mirada unísona y cerrada, está llamado a dejar de lado el miedo al conocimiento abierto y al desarrollo del pensamiento crítico para que conociendo la sinfonía de voces y miradas que conforman la verdad, podamos acercarnos al Dios de Jesús, el Dios de la diversidad trinitaria y no a los ídolos del totalitario pensamiento único.
Ni nuestra comunidad ni la Iglesia tiene los derechos de uso exclusivo del Espíritu Santo, el Espíritu de la Creación sopla donde quiere y sigue creando, dinámica e insondablemente.
Como dice un jesuita de nuestro tiempo: “Hay que leer (y conectar) a gente que piensa distinto de uno, si solo lees (o conectas) a gente que piensa como tú, no eres más audaz que un rumiante pastando” (JM Olaizola)
Para pensar en este tiempo: ¿Cuáles son las experiencias y espacios de reflexión que planificamos y desarrollamos con nuestros alumnos? ¿Cómo estamos enseñando el pensamiento crítico y conectivo?[2] ¿Cómo estamos “ligándonos” interdisciplinaria y colaborativamente en nuestras propuestas de aprendizaje? ¿Hasta dónde somos conscientes de que sin grandes méritos de nuestra parte hemos sido beneficiados con oportunidades (dones) que encontrarán su verdadero sentido si se ordenan a conectar con otros (cultura del Encuentro) y especialmente con los “desconectados”?
Conectados para aprender a mirar en lógica de las 4 Cs.
Entre los aprendizajes a promover en el
colegio encontramos el desarrollo de la
mirada. Educar la mirada. La mirada
interna, asociada a lo que llamamos Conciencia,
y desde allí una mirada “en salida”, aguda y valiente.
Con la mirada interior, la de la conciencia, podemos contemplar, reconocer y AGRADECER. ¡Cuánto tenemos que invertir y desvelarnos para ayudar a nuestros niños y jóvenes a crecer en el agradecimiento! Agradecer tanto bien recibido y desde allí mirar el resto. Mitigaremos de este modo el peligro de los grandes diagnosticadores sin alma que son capaces de mirar la realidad pero desde avinagrados lentes de escepticismo, amargura y queja.
La mirada contemplativa que resulta del agradecimiento está preñada de esperanza y mueve al compromiso con los demás. Conciencia y Compromiso.
Conectar con nuestro interior lejos está de una actitud egocéntrica o una práctica new age o neognóstica. ¿Cómo darnos cuenta de la diferencia? Porque esa mirada interior no se queda allí sino que busca y sabe encontrar o conectar con los ojos del otro. A veces con su mirada y muchas veces con sus lágrimas de dolor, tristeza, resentimiento, abatimiento o incapacidad. Entonces no será el juicio frio sino la Compasión lo que nos conecte, y podremos extender la mano para ayudar o juntar las manos, para rezar. Conciencia, Compromiso y Compasión.
Decía Paulo Freire que aquel que alguna vez abrió los ojos ya nunca podrá volver a dormir tranquilo. Eso también pedimos y deseamos. La alegría que surge de la gratitud no está reñida con la inquietud y el dolor por el sufrimiento del prójimo.
Ante una cultura globalizada de indiferencia[3], resulta enorme el desafío y contracultural la compasión. Educar una mirada que conecte con el otro implicará romper mandatos sociales y familiares ordenados al “sálvese quien pueda”,” a mí nadie me regaló nada, yo me lo gané”, o bien “yo no le hago mal a nadie” “solo busco ser feliz”. No hacer el mal no alcanza, tenemos que comprometernos a hacer el bien, afectiva y efectivamente, como hombres y mujeres competentes. Conciencia, Compromiso, Compasión, Competencias para obrar el bien.
¿Qué espacios sistemáticos y planificados estamos desarrollando para la toma de conciencia, para la educación de la mirada? ¿Cómo estamos trabajando para ayudar a profundizar y pensar la realidad social de nuestro contexto inmediato y de nuestro macro contexto? ¿Qué lugar ocupa la Conciencia, el Compromiso, la Compasión y la Competencia en nuestro currículum?
Sin coronas y sin virus.
La vida y la muerte de San Luis Gonzaga
resultan una actual provocación para transitar hacia una etapa comunitaria y
social “libre de corona virus”. Pero no
solo del covid-19 que claramente esperamos superar.
Asistimos a un escenario en el que algunos pocos tienen coronita, privilegios y obscenos beneficios mientras que otros (muchos) sufren de funcionales pobrezas o incluso de tristes marginaciones, al punto en que son sobrantes o descartados de la sociedad.
Esas coronitas fueron dejadas de lado por San Luis Gonzaga cuando renunció a los títulos y consecuentes beneficios de la nobleza de entonces. También nosotros estamos desafiados a reconocer las “coronitas” de las que podríamos presumir, que serán de Dios si las ponemos al servicio con y para los demás, o serán de la bandera enemiga[4] si alimentan nuestra cómoda vanidad, de la mano de la indiferencia por el otro.
Sin coronitas y sin virus. El virus de mayor letalidad no es el COVID, sino el considerar a algunos otros como virósicos, de quienes hay que cuidarse y ante quienes levantamos barreras y vivimos prevenidos o indiferentes cuando los vemos heridos al costado del camino.
El otro nunca es un virus. Mucho menos si tiene hambre, si tiene sed, si está desnudo o enfermo, si está preso o fuera de su tierra. La invitación es radical: contemplar allí al mismo Dios encarnado (Mt 25, 31-46). El otro no es un virus. En el otro habita Jesús. Así lo supo, así lo vivió y así murió San Luis Gonzaga.
La gran herida de aquel hombre asaltado y moribundo al costado del camino que nos relata el Evangelio (Lc 10, 29-37) es, junto a los machucones por la golpiza, la mirada indiferente de quienes siguieron de largo. Una indiferencia que enrostra la soledad y profundiza el dolor. Un vez más: la des-conexión. Por el contrario la salvación de este hombre comienza cuando otro, un samaritano, lo mira y se conmueve. En consecuencia se acerca, lo cura y se hace cargo. El herido y despojado de su riqueza, ya está salvado.
Qué es el infierno sino la soledad radicalizada, y qué el cielo sino el encuentro, la fiesta, la noche de bodas, el banquete.
¿En qué medidas nuestras experiencias pedagógicas se abren a la sensibilidad y a la presencia samaritana con los heridos del camino? ¿Cómo y cuánto estamos logrando ser un colegio “en salida” a quienes sufren, y de puertas abiertas para que entren los más vulnerables? ¿Cuánto de lo que aprendemos se pone al servicio efectivo de los desconectados? Tenemos que seguir creciendo en esta línea, lo que enseñamos nunca es aséptico ¿Qué antropología subyace a lo que decimos, hacemos y enseñamos?[5]
Pidamos al señor el espíritu de San Luis Gonzaga, pidamos la Gracia de pensar, aprender, mirar, conectar, acercarnos y curar a los heridos del camino.
Pidamos y trabajemos por una sociedad con menos desconectados.
[1] El pedagogo Argentino, Marianao Narodowski, se ha referido como los desconectados a quienes transitan la pandemia en contexto de alta vulnerabilidad. Ver en https://www.eldia.com/nota/2020-4-26-2-13-3-los-desconectados-la-ciudad
[2] Resulta interesante volver a las propuestas que ofrecen las “Rutinas de Pensamiento” de David Perkins y su Equipo.
[3] Cf. EG 54: …se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.
[4] Cf Ejercicio Espirituales de San Ignacio: Contemplación de las dos banderas Nro 136.
[5] Las ciencias sociales, las ciencias naturales, la economía, la matemática, la lengua… nuestro currículum real está atravesado necesariamente de posturas y antropologías. Viene bien aquí volver una vez más a las palabras de Francisco relativas a la economía en el contexto actual:
“…La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano…” (EG 55)
Comentarios
Publicar un comentario